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7 - Lo irremediable del lenguaje

El lenguaje es una colección de restos, de ruinas, un sistema hecho de vestigios elocuentes, tanto en lo que profiere como en lo que guarda, ya que hay un resto en él que permanece callado pero igualmente actúa generando una fisura. destotalizadora que perturba el discurso, lo abre, lo dilata, más allá de nuestra pretensión de ser sus dueños.

Por eso el sujeto del discurso es una trama desordenada y caótica, nunca un conocedor omnisciente que controla y sabe de lo que habla. 

En esos vacíos del lenguaje habitan corrientes intempestivas que lo empujan más allá de sus límites,

No para decir lo inefable, imposible de decir, sino para conquistar su impotencia

El mundo emerge como un intertexto infinito sin salida, una especie de gran archivo de citas. Somos tejedores, enredadores, repetidores. Inscribimos nuestra historia en cada letra y los enunciados se apoderan de nosotros, por eso devenimos cuerpos de palabras que circulan diseminando sentidos. El lenguaje está superpoblado de las intenciones de otros, y de las nuestras, una inmensa red de rastros que conforman la textualidad que nos informa y nos deforma

Es necesario abrir un nuevo espacio en la mansa costumbre de la coherencia del lenguaje, un tajo que libere el salvajismo y la inocencia de la letra

Siempre seremos huéspedes inoportunos y fragmentarios de la casa del lenguaje, casi una broma ontológica que nos hace creer lo que decimos. El hombre es desde su nacimiento un episodio de lenguaje, un discípulo en continua iniciación y en eterna caída en la contra-iniciación. Ciegos y sin suelo, la encrucijada que nos habita obliga al lenguaje a dar vueltas y más vueltas para hablarnos sin decirnos, resbalando en las palabras del día a día, remando el río del lenguaje de la opinión pública, otro de los “edificios sólidos” de palabras efímeras donde se citan los despistados de la vida, un anónimo genérico para cobijarse, un escudo que legitima el lugar que se ocupa, un simulacro, un existenciario, no una existencia

Despegamos el friso del mundo y solo encontramos las capas de lenguaje con las que lo vestimos y que hoy se deslizan como sombras in-significantes. Es el lenguaje y solo él lo que nos da existencia pero hoy acusa el síntoma más flagrante de la fatiga de una sociedad. Circula depreciado entre los detritus de una cultura saturada por la repetición de sus signos despojados de extrañeza, convertidos en  clichés del discurso. Y así peregrinamos la ceniza ciegos de aurora, de cara a lo banal

La banalidad engendra en el lenguaje el significado aceptable de lo inaceptable, repite, insiste, etiqueta, aplana, corroe y difunde el ronroneo tranquilizador de lo asequible, la entropía del asombro. Es el clima de época y se expande como un velo invisible, se infiltra como un virus de normalidad. Expandirse es todo su sentido. Permite la insolencia de creer que el mundo es cognoscible y reduce el misterio a un criterio, asordina el grito, entibia los fuegos. Es el filtro convencional de la moral burguesa que padece una ascesis mental que rechaza las contradicciones y el riesgo. Se apuesta a lo seguro, un reduccionismo que piensa lo “normal” sin la extrañeza. La banalidad provoca la entropía y ambas cavan un hueco desde donde se pueden ver los despojos de nuestra civilización. Vamos y venimos a través de la bruma de la época, espejados y sin reconocernos, unidos y al mismo tiempo desunidos, sin repeto por la diversidad. Pensar distinto es un estigma. La humanidad se desdibuja en las aguas de lo acostumbrado. Nos vivimos una extenuación de sentido y aun así lo seguimos invocando. Sentido perdido, postergado, soñado, añorado, extrañado y “extrañado”, derrotado, prohibido, una persistente ausencia

Perderse. Allí ocurren las vislumbres de sentido

Somos cartografía del deseo en un tiempo de ceniza entre los escombros del pensamiento, una cuerda tendida entre el deseo y la ausencia, condenados para manifestar sentido del sin sentido de un destino inscrito en la palabra. Lo irremediable del lenguaje

La revelación suprema del lenguaje es que no hay nada que revelar

Las palabras nos sorprenden ya atadas a las cosas, pero la palabra debe estar vinculada a la palabra y en la pausa y el silencio de la espera debe surgir la epifanía. Se necesita darle voz a la palabra desde donde ella habla, nombrarla con nombre propio para que comience a existir

El significante hoy jugaría el rol de lo que falta y si hay un metalenguaje no es un discurso significante sino una transparencia insignificante. El metalenguaje absoluto no existe sino en un viaje de ida sin fin que nos va dibujando sombras a las que fatalmente seguiremos nombrando 

El mundo retumba. Suenan voces plegadas a otras voces. Una sola voz-ninguna voz. Río seco


 2016