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Después de peregrinar la materia nació un deseo irreprimible de verla desvanecerse en la luz, en su combate con la sombra y así llegó de improviso, sin ruido, un día no pensado, azaroso, casi inadvertido, la fotografía.

Una fotografía quizá salvaje y hasta provocativa por todo lo que deja en suspenso, por esa presión de lo indecible, que ni busca ser dicho porque no se sabe, pero vive dentro de la incerteza que merodea en todo.

Abdico de todo el saber que la precede, y me siento como una extraña en la tierra frente a un objeto totalmente desconocido que me brinda la ocasión de un encuentro con lo eternamente inesperado, la presencia de una ausencia, la evocación de lo que falta. Una hondura invisible.


La imagen de la captura impensada es la eterna pregunta del arte que siempre habla sobre lo que no sabe.

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