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8 - Marco Bellocchio. De lo sublime

Hablar de cine, como de toda escritura, es hoy "sin red", es penetrar un territorio más allá de toda clausura y expandir el pensamiento hacia un vacío incolmable.

Al cine hay que otorgarle en estos tiempos la posibilidad de dejarnos perplejos, de no ser comprendido, alejarlo del debate que anula la frescura y el inmenso placer de ver con todos los sentidos. Cine de la mirada que se mira que parece proceder de una relación consigo mismo, al igual que la escritura. Cine inacabado e incompleto para que el espectador habite las fisuras con sus  propios huesos .

Marco Bellocchio, un director que como un Stalker acecha a los hombres y los guía hacia su deseo más hondo y desconocido, nos abre a medias las puertas del misterio para que solo vislumbremos su lejanía

 No hay otro director que ponga en escena la pasión como Bellocchio, una de las pocas voces anárquicas y transgresoras que hoy rescatan  el fuego del espiritu

El erotismo salva, es la fe encubierta en la materia, sus propias palabras

Sangue del mio sangue, un film complejo, como llegado de un lejos irrecuperable al que quizá remite el paisaje, donde las cosas están como antes de ser miradas. La aridez de las rocas, la voluptuosidad de la vegetación, el agua como abismo, plasman una atmósfera salvaje e inocente a la vez, lejos de los miedos y represiones acuñados tras las puertas del convento por la hipocresía y lo absurdo del poder.   Bellocchio devuelve al hombre y a la naturaleza sus enigmas.

Un film inaprensible, de un magnetismo increíble, quizá por esa clausura de lo explícito, por ese misterio que se va dilatando y nos excluye, y nos obliga a respetarlo. Aunque no  resistamos la tentación de unos susurros  para homenajear a Bellocchio,  una rara avis en medio de la menesterosidad de las carteleras que abundan en burdas producciones que ameritan la mediocridad de salas llenas propicias al entretenimiento vacuo  de un mundo reificado, refugio de la especie, mundo ancla de la nivelacion. Sin embargo y a pesar de eso, algunas salas  aún hospedan a los directores que el Mercado exilia. Un intervalo en el ruido del mundo

El final de Sangue  pasó a mi colección de escenas de antología. Bellocchio en todos sus films ha dejado claro sin decirlo su fe en el poder de la Belleza pero nunca con una imagen tan sutil y contundente de lo sublime que llega al espíritu a través de su imposibilidad, de su inadecuación, eso inefable que nos lleva al éxtasis , la figura del ánima que conmociona y se aleja dejando exangüe a su contemplador. Refulge donde el lenguaje no alcanza, imagen absurda, inverosímil y a la vez incontestable

Desasida de tiempo, aire de deseo

 

Esa emoción necesitamos

Para que el drama descienda ante la belleza desnuda

Y se reserve la profundidad del agua

 

Un film que hay que ver sin apuro, dejar que actúe, sin prisa por interpretar. Celebrar el enigma sin pretender que lo que vemos signifique. La pretensión del significado es la oscuridad más profunda. Es un film para rever y deleitarse con su escritura, percibir cómo  Bellocchio ahonda en la anarquía, ese territorio incierto de la libertad.

 Quizá, el ver realmente se dé en el desapego de la última mirada, el rostro ya vuelto a las cenizas . Un encuentro con lo Real, una incandescencia, mientras los escombros  de ese muro, los escombros de la realidad, van cayendo.

Vislumbramos solo la distancia de lo que ignoramos. Nada más soplar nubes balbuceando


 2016